PROFECÍA INDIA Sólo después de que el último árbol sea cortado. Sólo después de que el último río sea envenenado. Sólo después de que el último pez sea apresado. Sólo entonces sabrás que el dinero no se puede comer.
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miércoles, 24 de agosto de 2011

Mario de Andrade. El valioso tiempo de los maduros

Mario de Andrade. El valioso tiempo de los maduros


Mensaje de Mario de Andrade (Poeta, novelista, ensayista y musicólogo brasileño).



“Conté mis años y descubrí, que tengo menos tiempo para vivir de aquí en adelante, que el que viví hasta ahora…



Me siento como aquel chico que ganó un paquete de golosinas: las primeras las comió con agrado, pero, cuando percibió que quedaban pocas, comenzó a saborearlas profundamente.



Ya no tengo tiempo para reuniones interminables, donde se discuten estatutos, normas, procedimientos y reglamentos internos, sabiendo que no se va a lograr nada.



Ya no tengo tiempo para soportar absurdas personas que, a pesar de su edad cronológica, no han crecido.



Ya no tengo tiempo para lidiar con mediocridades.



No quiero estar en reuniones donde desfilan egos inflados.



No tolero a maniobreros y ventajeros.



Me molestan los envidiosos, que tratan de desacreditar a los más capaces, para apropiarse de sus lugares, talentos y logros.

Detesto, si soy testigo, de los defectos que genera la lucha por un majestuoso cargo.



Las personas no discuten contenidos, apenas los títulos.



Mi tiempo es escaso como para discutir títulos.



Quiero la esencia, mi alma tiene prisa…



Sin muchas golosinas en el paquete…



Quiero vivir al lado de gente humana, muy humana.



Que sepa reír, de sus errores.



Que no se envanezca, con sus triunfos.



Que no se considere electa, antes de hora.



Que no huya, de sus responsabilidades.



Que defienda, la dignidad humana.



Y que desee tan sólo andar del lado de la verdad y la honradez.



Lo esencial es lo que hace que la vida valga la pena.



Quiero rodearme de gente, que sepa tocar el corazón de las personas…



Gente a quien los golpes duros de la vida, le enseñó a crecer con toques suaves en el alma.



Sí… tengo prisa… por vivir con la intensidad que sólo la madurez puede dar.



Pretendo no desperdiciar parte alguna de las golosinas que me quedan…



Estoy seguro que serán más exquisitas que las que hasta ahora he comido.



Mi meta es llegar al final satisfecho y en paz con mis seres queridos y con mi conciencia.



Espero que la tuya sea la misma, porque de cualquier manera llegarás…”





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jueves, 30 de septiembre de 2010

BUCEANDO EN EL INFINITO. ANA MARÍA MANCEDA. SAN MARTÍN DE LOS ANDES.




  “BUCEANDO EN EL INFINIT0”. POEMA SELLECCIONADO PARA ANTOLOGÍA. EDITORIAL DUNKEN. “EL RÍO DEMORADO” .BUENOS AIRES.2006

El excéntrico millonario lo raptó. El poeta encerrado jugaba a descubrir el sol
en la ostentosa pintura de las paredes de la cárcel, sus lágrimas brillaban con el reflejo. El cuaderno y una lapicera eran sus únicas posesiones, ni un libro, tremenda tortura.
En las páginas debía escribir todo lo que sabía del infinito.
Escribió sobre pájaros, sobre vientos¿ Hasta dónde llegaban sus sonidos?
¿El amor rozaba sus fronteras?¿ Existirían los arco iris en ese sin fin?
Se expandió con su conciencia y con el universo.
Escaló montañas virtuales para observar desde la mágica altura
la pequeñez real de la existencia.
Se sumergió en las entrañas de la tierra para viajar junto al magma
que se desplazaba sobre la superficie,                                                                                                                                                                  buscando en cada partícula algún indicio del misterio.                               
Solo descubrió las rocas que engendraban el planeta.
El sueño era bendecido  cuando su mente agotada dejaba de pensar.
El tiempo dado para explicar lo abstracto llegaba a su fin.
Creyó estar cerca de terminar su obra cuando se compenetró en la violencia,
en el sufrimiento de las madres ante la pérdida de sus hijos,
ante la injusticia social que veía en el mundo, sufrió tanto que no pudo escribirlos.
El día del último encuentro llegó. El secuestrador entró en su celda, era repugnante, su abdomen promiscuo se adelantaba soberbio a su cuerpo.
Sus ojos eran dos huecos vacíos si no fuera que dispersaban algunos destellos inciertos. El poeta sabía de su muerte, se acercaba, estaba sentenciado.
Ante la pregunta si había llegado a la explicación del infinito respondió.
«Sí, pero no tengo una sola respuesta, una está en la búsqueda que he vivido en estos días de encierro, la otra en su ignorancia, en su triste e infinita ignorancia».***